El editorial de la semana: Después de la calma vuelve la tempestad

Tras la derrotas electorales del FPÖ, Wilders y Marine Le Pen, muy felices se las prometían todos los portavoces y mandamases del modelo económico y político global. Sin sobresaltos, mediante pucherazos o en virtud de sistemas electorales imposibles, las aguas del libre mercado y de la libre circulación de productos, capitales y personas -entre estas últimas también terroristas- volvían a la tranquilidad y a la mansedumbre.

La cuestión para todos estos individuos privilegiados del globalismo -desde los burócratas de Bruselas a los magnates de las tecnológicas, pasando por los tertulianos con buhardilla en Lavapiés para locos fines de semana multiculturales- era «conjurar el peligro de la extrema derecha».

Sin embargo, hasta la fecha, ninguno de los seguidores de esos políticos críticos, alguno de ellos tímidamente, con la inmigración y la UE han entrado en una sala de conciertos o en un estadio y han asesinado a cientos de personas. Tampoco Marine Le Pen ha causado una masacre en el aeropuerto de una ciudad cualquiera de la geografía europea. Por mucho que hayan sido injustamente vilipendiados, los militantes del Frente Nacional no han asaltado ni abierto fuego en la redacción de periódico o televisión alguna. Y entre las estrategias políticas de esas formaciones no se haya la de practicar atropellos masivos.

Es decir, ¿cuál es el verdadero peligro? Sin duda alguna, el modelo multicultural al servicio y beneficio de los poderes financieros. Esa sociedad multicolor que, por ejemplo, Apple, Samsung o H&M promueven e imponen desde sus sofisticados y efectivos espacios publicitarios se cobra, entre otras muchas cosas, vidas y sangre en territorio europeo.

Ahora bien, ya que los europeos nos encontramos absolutamente desprotegidos ante la ola de terror islamista -que periódicamente sacude tal o cual punto del continente- caben dos posibilidades.

La primera, la del gusto del poder financiero y de los políticos y periodistas biempensantes, es encender una velita con el «Image» de fondo. Compartir un lacrimógeno meme, cambiar nuestra imagen de perfil en tal o cual red social o -como instan nuestras policías- huir, cobarde e insolidariamente, despavoridos ante un atentado.

La segunda, es plantar cara al modelo multicultural que, además de la precariedad social y laboral de los autóctonos, se está cobrando ríos de sangre en Europa. Desde luego que no es fácil disociarse del torrente de imbecilidad que desde los medios de comunicación se vierte a cada segundo. Pero es una actitud que trasciende de lo necesario, para elevarse a lo vital.

De lo personal e íntimo a lo familiar, de las amistades al entorno laboral, de lo social a lo político. Únicamente nos queda la resistencia activa contra el globalismo y la multiculturalidad. Debemos vencer esa autocensura que los medios nos imponen y debemos seguir diciendo lo que pensamos. Ese es el primer paso.

Ante una sociedad en descomposición se debe erigir una comunidad alternativa. Ante un Estado fallido hay que articular espacios e iniciativas de gestión ciudadana. Ante un tipo humano endeble debe elevarse otro valiente y comprometido. Ante el terrorismo y la invasión ha de alzarse la resistencia.

 

Redacción

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