El editorial de la semana: 1 de Mayo. Ni euro ni UE. Fronteras y soberanía

La mayor garantía de la defensa de los derechos de los trabajadores, de la calidad del empleo y del crecimiento económico real se encuentra en la recuperación del control de las fronteras y de la soberanía económica y política. Una receta bien sencilla para cuya aplicación únicamente se requeriría valor y honradez.

Sin embargo, los curanderos de los mercados y de las finanzas, que han transformado la ciencia económica en un puñado de dogmas y tabúes, empujan a la economía en un sentido muy distinto al propuesto en el primer párrafo de este editorial. Acuerdos de comercio transcontinentales, moneda única, deslocalización y globalismo que vienen a traducirse en el desguace de los derechos laborales y en una caída al vacío del nivel salarial y del poder adquisitivo de los trabajadores.

España, al igual que el resto de países de nuestro entorno, ha sido convertida en una colonia. Entiende por tal la Real Academia Española el «territorio dominado y administrado por una potencia extranjera». La metrópoli que hoy en día controla hasta los aspectos más básicos de nuestra vida cotidiana no es ningún imperio en sentido clásico. Se trata de una potencia que no obedece a ningún país, sino que se sustenta en el poder del dinero. Una entidad mundial y apátrida de contornos difusos pero de presencia omnímoda y todopoderosa. Bancos y entidades financieras, Fondo Monetario Internacional, agencias de calificación de riesgo, multinacionales, Banco Mundial y Organización Mundial de Comercio son, entre otras muchas, las serpientes que culminan la cabeza de esa Medusa del librecambio que sume en la ruina a todo aquel que no se pliega a sus designios.

La Unión Europea es, en nuestro continente, el testaferro de los intereses económicos globales. Un enorme aparato burocrático, al servicio del poder colonial del dinero, a la que país tras país, y de forma inverosímil, han ido cediendo competencias y parcelas de soberanía. Bruselas es la capital de esa jaula, presuntamente de oro, a la cual se entra de rodillas y de la que se sale con muchos arrestos o, por el contrario, se convierte en una prisión de por vida.

La cuestión, hoy Primero de Mayo, es simple. Hay que insuflar vida al decrépito Día Internacional de los Trabajadores convirtiéndolo en el Día Nacional de los Trabajadores. Porque los trabajadores españoles tienen en España, su patria, la única oportunidad para eludir el yugo que -en forma de infrasalarios, minijobs, recortes, hipotecas, desahucios y crisis- los mercados les tienen reservado. La última trinchera de los trabajadores españoles, y del resto de trabajadores europeos, está en la patria.

No es una patria entendida en sentido decimonónico o pronunciada, por tantos y tantos judas, con tono engolado e hipócrita. La patria es la esperanza de nuestra gente, de los españoles. De aquellos que quieren tener un contrato de cuarenta horas semanales y no de cuatro. De quienes perdieron su casa y están en la calle y endeudados con un banco durante décadas. De quienes quieren abrir un negocio o montar una empresa y temen la competencia desleal de los mercados asiáticos. De quienes necesitan acceder a las prestaciones sociales que hoy son monopolizadas por inmigrantes. De las víctimas de un ERE. De quienes quieren un acceso razonable y posible a la vivienda. De los que no se resignan a trabajar más por menos dinero. De quienes esperan que la sanidad y la educación sean públicas y de calidad. De los que se enfrentan a las pensiones del hambre o a la futura e inexorable quiebra del sistema de pensiones.

En definitiva, la patria es nuestra gente y nuestro proyecto de libertad y justicia frente a la dictadura del dinero.

 

Redacción

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