La publicidad te dice: ¡Muere!

La publicidad comercial se ha convertido en un elemento que va mucho más allá del instar a la ciudadanía a comprar un determinado producto. Los que tenemos una cierta edad recordamos aquellos vetustos anuncios de «busque, compare y si encuentra algo mejor cómprelo». Espacios comerciales muy distintos del grado de sofisticación y cosmopolitismo que la televisión, Internet y la publicidad estática en marquesinas de autobuses y vestíbulos del metro nos tienen ya, por desgracia, casi acostumbrados.

Respecto a la publicidad comercial podríamos plantearnos la vieja cuestión de si fue antes el huevo o la gallina. Es decir, si la publicidad refleja a la sociedad de una determinada época o es la publicidad la que está forjando un determinado modelo de sociedad.

Y, entrando en el terreno de la conspiración, cabe preguntarse si son los grandes poderes económicos y financieros los que, a través del poderoso efecto de la publicidad, están marcando unas pautas de comportamiento conforme a sus siempre oscuros objetivos.

En uno de esos largos minutos de publicidad con los que nos obsequian las televisiones, el mensaje que nos lanzan los espacios comerciales ha dejado ya de ser subliminal. Al menos, ya no lo es para las personas con un mínimo de capacidad crítica.

Analizando los anuncios, sobre todos los televisivos, es cada vez más difícil el encontrar una familia blanca y heterosexual. Únicamente aquellos que, por ejemplo, promocionan la venta de vehículos familiares son los que vienen a representar un modelo de familia clásica. Por el contrario, los que tienen un cariz más juvenil y divertido nos presentan «pandis» de amigos multiculturales con un amiguito de raza negra -que es pareja de una chica blanca- y el resto de varones blancos suelen tener más pluma que la gallina Caponata.

Evidentemente, no es que personas de distintas razas a la blanca deban estar vetadas en la publicidad. Pero lo que es sintomático es como la publicidad hace machacón hincapié en el multiculturalismo, en detrimento de lo autóctono. Es un modelo que sospechosamente se repite hasta la saciedad.

Es un lugar común muy recurrente, cada vez más, de la publicidad actual el presentarnos parejas de distinta raza. Es decir, la publicidad de las grandes marcas e imperios comerciales vienen a fomentar, a través de sus anuncios, abiertamente el mestizaje. Con lo cual la voluntad de estos poderes económicos de propiciar movimientos migratorios masivos es algo absolutamente incontestable

Por otro lado, en anuncios de artículos básicos para la vida cotidiana -en aquellos que no es preciso el uso de la imagen de un hercúleo modelo-, el varón que se representa dista bastante de lo varonil. Hablamos de tipos pusilánimes, ridículos y sin carácter, cuando no de seres andróginos de difícil clasificación.

Por el contrario, cuando los mercados no necesitan una instrumentalización sexual de la mujer ésta adquiere tintes masculinizados. Mujeres poderosas, inmisericordes, presuntamente seguras de ellas mismas, en ocasiones hasta violentas y, por su puesto, diametralmente ajenas a una posible situación de maternidad.

Son también significativas las pautas de comportamiento -biológicamente extemporáneas- que nos propone la publicidad. Las publicidad nos apremia a que con cuarenta o con cuarenta y pico años vivamos como si tuviésemos diecinueve. Viene a decirnos que «seamos siempre jóvenes y actuemos como jóvenes». Además de sus perniciosos efectos en la sociedad, el seguir este patrón nos lleva a presenciar espectáculos esperpénticos en los que adefesios se exhiben, contonean y posan, en calles y redes sociales,  presas de un dramático y patológico síndrome de Peter Pan.

Para finalizar este repaso, nos quedaría tratar el asalto del lobby homosexual a la publicidad, que ha adquirido casi tintes monopolísticos en determinados sectores. Por ejemplo, cuando la publicidad nos habla de familia y nos insta a formar una aparecen dos jóvenes lesbianas pegándose el filete. Se nos presentan situaciones difusas, o no tanto, que van mucho más allá, dado su peso porcentual en la población, del intentar captar al público arcoiris.

Concretando, la publicidad -elemento contemporáneo capital en la forja de la opinión pública- nos insta a que no tengamos hijos, a que nos comportemos siempre como jóvenes irresponsables, a que los hombres no sean hombres y las mujeres no sean mujeres, al mestizaje o a la homosexualidad. Esto se traduce en un resultado muy simple dentro de una comunidad humana: la extinción y, por lo tanto, la muerte.

Quedaría preguntarse el porqué de la dinámica de la publicidad actual y podríamos responder a esta incógnita dando solución a una secuencia lógica de dos cuestiones.

¿Quiénes pagan la publicidad y quiénes son los que se lucran con ella? Las empresas, las  marcas y las entidades comerciales que, a su vez, dependen de los grandes poderes financieros y de los mercados. Por la tanto, el modelo de sociedad que la publicidad refleja es el modelo de sociedad globalista que a los mercados les interesa.

¿Por qué? Porque los poderes financieros y los mercados buscan simplemente la extinción de los europeos. Europa ha sido un modelo para el resto del mundo en muchos aspectos. Entre otros, en lograr una protección social, un Estado del bienestar y una legislación garantista con los derechos de los trabajadores y de los sectores sociales en situación de precariedad. Conforme avanza el modelo social multicultural y andrógino que, a través de la publicidad, van implantando los poderes financieros se está produciendo una implacable erosión, en forma de recortes y reformas, del Estado social y del bienestar.

El final de este artículo entrará para muchos dentro de lo grotesco o de lo conspiranoico. Existen sobre las teorías conspirativas clásicas grandes dudas acerca de su autoría o autenticidad. Parece que lo más serio es renegar de ellas y, hasta en los ambientes en los que tenían más aceptación, el refutarlas. Sin embargo, a grandes rasgos, parece que muchos de sus temibles vaticinios se han quedado, en algunos aspectos, cortos. ¿No te lo crees? Pues enciende la tele.

Miguel Sardinero 

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