El editorial de la semana: El olvido de Ebba y el recuerdo de Aylan

¿Sabe usted quién era Ebba Akerlund? Seguramente que no. Tampoco sabrá que era una niña sueca, de once años, que no hace ni siete días fue asesinada en una ciudad del norte de Europa. Y no, no fue obra de un perverso pederasta. Su asesino actuó en nombre de Alá e impulsado por la yihad destrozó a Ebba en una calle de Estocolmo. Ella regresaba a su casa del colegio cuando un individuo, que debía estar ya fuera de Suecia o que nunca debió poner un pie en ella, asaltó con un camión una calle peatonal.

Afortunadamente, las dantescas imágenes del cuerpo desmembrado de Ebba no han dado la vuelta al mundo en todas y cada una de las portadas de los periódicos. Tampoco ha abierto telediarios. Ni a ningún artista de vanguardia la trágica muerte de Ebba le ha inspirado para plasmar el dolor y el desgarro.
Y si resulta afortunado es, además de por la dignidad de la víctima, porque el terrorista islamista busca sembrar el mayor terror que pueda concebirse. De ahí que filme y retransmita sus ejecuciones y que para dar muerte a sus reos ideé los métodos más perversos y atroces. Para atemorizar a fofas sociedades de Europa occidental, es la difusión de lo terrible lo que busca el islamista.

Sin embargo, seguro que usted recuerda quien era Aylan Kurdi. ¿No? Es que esta sociedad de la información es tan frenética y efímera… Pero si le evocan la imagen de un niño pequeño sirio, con una camiseta roja y un pantalón corto azul, ahogado en la orilla de una playa de Turquía seguro que lo recuerda, ¿verdad?

Esa terrible instantánea sí que se imprimió y se retransmitió hasta la saciedad. Su descripción hizo que manasen mares de tinta. Todo el orbe global conoció la desgracia del pequeño Aylan. Tenía 3 años, provenía de la ciudad de Kobane, su madre y uno de sus hermanos también murieron en el intento de cruzar las aguas del Egeo, únicamente su padre sobrevivió.

Aylan fue la fusta con la que los biempensantes laceraron las carnes de las opiniones públicas europeas. Una y otra vez la foto de su muerte fue exhibida, de forma grosera, para quebrar conciencias. Nos querían hacer culpables de la muerte de ese pobre niño y, para purgar nuestro pecado, debíamos -nuestros países debían- acoger al mayor número de refugiados posible.

Nadie en su sano juicio puede alegrarse o justificar, en modo alguno, la muerte de un niño. Pero el padre de Aylan pudo elegir entre quedarse en Kobane, a la espera de la llegada del Estado Islámico, o seguir en Turquía, tal y como habían permanecido durante tres años. Pero Abdullah Kurdi decidió, con lamentables consecuencias, embarcar a toda su familia en un precario bote de goma.

Ebba Akerlund no tuvo ninguna oportunidad de decidir. Muy probablemente no llegó a enterarse de que un camión se la llevaba por delante y que su sangre dejaría unas huellas, bajo las rodadas del camión, que muchos europeos –no los suficientes- no olvidarán jamás.

Por la dignidad y la memoria de las víctimas del terrorismo islamista es por lo que hay que mantener alzada no velas, sino una antorcha. Una antorcha que aporte luz en el marasmo de confusión y oscurantismo con el que los medios e instituciones pretenden confundirnos. Que nadie olvide quién fue Ebba Akerlund, que nadie olvide que su asesino fue un terrorista islamista, que nadie dude que fue víctima de la globalización y de una sociedad multicultural imposible.

 

Redacción

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