Iggy, la otra víctima de la yihad

Entre las  terribles imágenes del rastro de muerte y de sangre que el último atentado islamista dejó, el pasado viernes, en las calles de Estocolmo podía verse a un perro que yacía muerto con sus entrañas sobre la acera.

Se trata de Iggy, un perro de rescate de la Dogs Aid Animal Sanctuary de Dublín que también fue arroyado por la criminal embestida del terrorista yihadista. El animal había llegado a Suecia, desde Irlanda,  en 2012 tras haber sido adoptado.

La brutalidad intrínseca al terrorismo islamista no distingue, en su sed de sangre, de animales, mujeres, niños o ancianos. Una auténtica lacra que trae a las calles de las ciudades de Europa los escenarios dantescos a los que el yihadismo ha llevado, entre otros países, a Siria o Irak.

El respeto a la dignidad de las víctimas, personas o animales, debería ser un principio fundamental de la ética periodística. Sin embargo, el celo con el que se ha pretendido salvaguardar a las redes de las tristes imágenes de Iggy muerto no se tiene con otras víctimas.

Se censuran las imágenes de los muertos que el terrorismo islamista está dejando en Europa. Pero las escenas de un, aún no aclarado, ataque químico, en las que se pueden observar bebés muertos, son difundidas mundialmente para justificar la agresión norteamericana a un país soberano.

Desde las instituciones, se insta a la ciudadanía a que borre las imágenes captadas con sus teléfonos móviles de atentados terroristas islamistas. Pero a nuestros niños y jóvenes se les obliga a ver, en colegios e institutos, imágenes en blanco y negro –con un desgarrador violín de fondo- que parecen sustentar una verdad histórica impuesta y salvaguardada penalmente.

Lamentablemente, y conforme los atentados yihadistas se generalizan en Europa, las personas y los animales no son únicamente las víctimas de la barbarie islamista. También –con cada atropello masivo, con cada bomba, con cada tiroteo- la verdad es una víctima.

Iggy D.E.P

Miguel Sardinero

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