El editorial de la semana: Donald Trump es más de lo mismo… o mucho peor

Menos de cien días han bastado para constatar que el presidente de los Estados Unidos es, entre otras cosas, un auténtico pufo. Las esperanzas que alumbró su discurso, el día de la toma de posesión en las escaleras del Capitolio, se han esfumado. Aquellas firmes palabras, que desde la distancia podrían suscribirse en un importante porcentaje, acaban de marchitarse y el establishment parece haber ganado el pulso a Trump. Si es que verdaderamente alguna vez ese pulso existió, claro.

Y es que el proceder del presidente norteamericano genera algo más que sospechas sobre sus auténticos fines. Pero cada día, y con cada decisión, Trump parece desentenderse de la denominada derecha alternativa para ganarse al poderoso e influyente sector más recalcitrante del Partido Republicano.

En este sentido, los decretos presidenciales sobre inmigración, firmados de forma ostentosa por Trump, estaban pensados para ser paralizados por los tribunales. Poca, muy poca o ninguna idea sobre el Derecho hay que tener para saber que en los países sometidos a un régimen liberal –como es el caso de Estados Unidos- los criterios que Trump eligió para prohibir la entrada en el país a determinadas personas serían tumbados judicialmente.

Con total seguridad a Donald Trump no le falta una legión de expertos en leyes para su asesoramiento. Entonces, ¿por qué no una restricción general a la inmigración o a personas provenientes de cualquier país en guerra?, ¿por qué esa determinación en constreñir su control fronterizo a un puñado de países?, ¿por qué no incluyó a Arabia Saudí –país de origen de 15 de los 19 terroristas del 11-S- en la lista negra?, ¿qué impacto en la inmigración que arriba a Estados Unidos puede tener Sudán o Somalia?

La respuesta indica que el fervor por el control de las fronteras y de la inmigración ilegal de Donald Trump puede quedar en una fanfarria o ser una mera pose electoralmente rentable. De cara a sus votantes él lo habrá intentado, pero el condenado establishment será el que le haya atado las manos.

A Trump le faltan los apoyos en su propio partido. De hecho, el ala derecha y más ultraliberal del Partido Republicano le dio la espalda, por considerar a Trump excesivamente intervencionista, a la hora de suprimir y reemplazar el sistema sanitario de Obama.

El presidente pretende suplir la flaqueza de fuerzas propias con ese elemento que tantas voluntades fideliza en Estados Unidos: el puño de hierro en política internacional. Del prometido acercamiento a la Rusia de Putin a una hostilidad abierta hacia Moscú, que hace las delicias de los republicanos nostálgicos de la Guerra Fría y de la era Reagan.

“Buscaremos la amistad y la buena voluntad con todas las naciones del mundo, pero lo haremos teniendo claro que todos los países tienen derecho a poner sus propios intereses por delante. No queremos imponer nuestro modo de vida a nadie, sino dejar que sea un ejemplo reluciente para que todos lo sigan. Reforzaremos las viejas alianzas y formaremos otras nuevas, y uniremos al mundo civilizado contra el terrorismo islámico radical, que vamos a erradicar por completo de la faz de la tierra.”. Aquellas palabras de Trump en las escaleras del Capitolio solamente suenan ya a hojarasca caída.

Hoy el sonido que caracteriza la política internacional de Estados Unidos son las atronadoras explosiones de los misiles tomahawk en suelo sirio. Desdiciéndose, como en otras tantas ocasiones, Trump ha ordenado el bombardeo de instalaciones militares sirias, las cuales precisamente son la punta de lanza contra “el terrorismo islámico radical”. Si en 2013 espetaba al, por entonces, presidente Obama a que no atacase a Siria, a Trump no le han hecho falta ni investigaciones ni pruebas sobre el último presunto ataque químico para, al más puro estilo far west, dictar y ejecutar la sentencia.

Las ramplonas explicaciones de Trump al ataque criminal contra Siria han elevado a George W. Bush y a Colin Powell a la categoría de catedráticos de la geopolítica. El águila que pretendía romper las cadenas del pueblo norteamericano ha ido a posarse en el nido de los halcones republicanos de la peor estofa, como el senador John McCain.

Si Trump va a desenvolverse en política internacional con la arbitrariedad de la que ha hecho gala esta semana el mundo puede encaminarse hacia un escenario tenebroso. La impunidad de la que Estados Unidos gozó tras la caída de la Unión Soviética ya es historia. Las amenazas norteamericanas a Corea del Norte y los hechos consumados contra Siria pueden elevar la tensión internacional a cotas sin parangón en los últimos 50 años.

Por otra parte, las opciones políticas contrarias al globalismo y a la inmigración masiva podrían verse deterioradas, de cara a sus respectivas opiniones públicas y electores, por este elefante en una cristalería llamado Donald Trump. Por no hablar de la frustración de los millones de norteamericanos que, de buena fe, depositaron su confianza en el magnate. Si nada lo remedia, comprobarán que para el inquilino de la Casa Blanca existen muchos factores que están por encima de los intereses de sus compatriotas.

Redacción

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