El editorial de la semana: Ser madre es ser trabajadora

La fecha del 8 de marzo se ha institucionalizado, a nivel mundial, como el Día Internacional de la Mujer. Pero, en Europa Occidental, poco queda de las demandas femeninas que motivaron este día de reivindicación de los derechos de las mujeres y de lucha contra las injustas desigualdades, en materia de derechos, que este género ha debido padecer hasta fechas recientes.

Por el contrario, el 8 de marzo se ha transformado en una efeméride más del calendario de la corrección social y política al servicio del modelo económico mundial. De tal forma que, revestido de todo el folclore feminista posible, el Día Internacional de la Mujer es un evento en manos de la ideología de género y de todos los estereotipos que dicha corriente está imponiendo en nuestras sociedades.

Una vez más, progresía izquierdista y grandes poderes económicos van de la mano en la consecución de un objetivo que lleva a Europa hacia su extinción. La igualdad de derechos y oportunidades se ha transformado en un igualitarismo que viene a intentar borrar las obvias y naturales diferencias, incluso en el ámbito biológico, entre hombres y mujeres.

Y en el punto de mira de los poderes económicos y del feminismo izquierdista se encuentra la maternidad.

Las patronales, las grandes compañías, los intereses financieros se frotan las manos ante la escasez de natalidad que asola la parte occidental de nuestro continente. Prefieren mujeres que trabajen fuera de su hogar y que se erijan en meras consumidoras. Mujeres que se hipotequen de por vida con un banco, mujeres que no reivindiquen los derechos sociales anejos a su condición de madres. No es nada nuevo en nuestro país las trabas, obstáculos y amenazas que sobre las españolas con hijos se ciernen en el ámbito laboral.

Al unísono, la caterva feminista ha devaluado, ninguneado, ridiculizado e insultado a la maternidad. La lucha por los derechos de las mujeres ha dado paso a la masculinización de la mujer. El aborto libre o la denominada “liberación” vienen a incidir en la endofobia y en la lógica de la extinción.

¿Para qué impulsar auténticas políticas natalistas que no sean una mera pose?, ¿para qué invertir en nuestra gente, en nuestros jóvenes, en nuestras mujeres? Los mercados buscan beneficios rápidos, inmediatos y a bajo coste. Para ello tienen millones de personas que se ciernen sobre Europa desde África, Asia o América. Legiones de inmigrantes que constituyen mano de obra barata y el elemento humano con el que los poderes financieros, con el aplauso de la izquierda feminista, sustituirán a las poblaciones autóctonas. Lo que quede estará reducido a un plano de auténtica desprotección social y a las condiciones laborales que los poderes financieros deseen.

En España se viene hablando últimamente de un “pacto de Estado contra la violencia de género”. Demagogia y palabrería hueca en voces de políticos, de contertulios de cualquier programa, de paniaguados varios y de paniaguadas de las asociaciones feministas. Es una obviedad que la situación de violencia que padecen demasiadas mujeres en nuestro país es intolerable. Décadas, especialmente la última, de adoctrinamiento en el igualitarismo no han traído más que muertes y violencia sobre las mujeres. Y es que todo el mito feminista se cae cuando en la publicidad, programas y series de televisión, en películas la mujer es retratada como un ser eminentemente sexual que hace suyas todas las lacras de los instintos del hombre.

La lucha por la mujer y sus derechos pasa por una inversión social en las españolas y por unas políticas contrarias a los lobbies globalistas.

Primero, hay que darle la oportunidad a la mujer de decidir si quiere desempeñar su actividad laboral fuera del hogar o, en su casa, como madre. Hoy en día, debido a las condiciones económicas y a la inducción de los medios, este es el derecho a decidir se le niega a las mujeres españolas.

En segundo lugar, las Administraciones deberían reconocer la función social de la maternidad y dotarla de una serie de derechos efectivos y no meras declaraciones de intenciones. La dramática situación poblacional de España hace necesaria una renta básica de maternidad. Bien debiera serle asignado el salario mínimo interprofesional actual –multiplicado por el número de hijos- a las madres españolas.

Viviendas sociales de acogida en caso de separación –tanto para mujeres como para hombres-, pensiones que vengan a reconocer el trabajo que durante años, principalmente las mujeres, han desempeñado en el hogar y toda una batería de prestaciones sociales son más que nunca necesarias y, hoy en día, se encuentran más lejos que nunca.

A todo ello habría que sumarle la dignificación de la mujer como tal, alejándola de la instumentalización sexual de la que es hoy víctima.

Redacción

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