El día de la versión oficial obligatoria

Cada 27 de enero, diferentes instituciones conmemoran, en todo el mundo, el Día Internacional en Memoria de las Víctimas del Holocausto, un suceso sobre el que no puede emitirse ninguna opinión que se aleje de la versión oficial.

La mayoría de las democracias occidentales contemplan en su Código Penal la revisión de este periodo de la Historia como un delito castigado con prisión. Curiosamente, no existe ningún otro episodio histórico sobre el que la ley se pronuncie de forma tan tajante.

La censura en torno al estudio del Holocausto ha privado de libertad a investigadores, historiadores y escritores por el hecho de publicar estudios que plantean dudas sobre la versión oficial de los acontecimientos (Rudolf, Töben, Zündel, Irving, Stolz…) y a editores por publicar estas investigaciones (Pedro Varela).

También por exponer públicamente sus dudas sobre el Holocausto, el profesor Robert Faurisson fue expulsado de la Universidad de Lyon y salvajemente golpeado por un grupo radical judío. Jamás se detuvo a sus agresores. Como tampoco se detuvo a los atacantes del revisionista Joseph Burg.

La persecución no perdona ni a ancianos (Ursula Haverbeck, a prisión con 87 años) ni a sacerdotes (Robert Knirsch, encerrado en un psiquiátrico hasta el fin de sus días) y se llevó la vida de François Duprat, asesinado por un grupo terrorista judío, en un atentado tras el cual tampoco hubo detenciones.

Cuando toda la comunidad internacional presiona a cualquier país que se niegue a esclarecer algún episodio de la Historia, resulta paradójico que sea legalmente imposible plantear alternativas a la versión oficial del Holocausto.

Si, como dijo Esquilo, la verdad es la primera víctima de la guerra, parece ser que, en tiempos de paz, sólo la verdad oficial sobrevive.

 

Ana Pavón

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