El editorial de la semana: La revolución amplia

El proceso de transformación o, si se prefiere, de degeneración en el que se ha zambullido al ser humano en general y al europeo, en particular, es de una proporción, celeridad y magnitud sin parangón en la historia. Todo aquello dado por sentado en, al menos, casi dos mil años de cultura europea está siendo demolido sistemática y frenéticamente. Ni tan siquiera el tránsito de los distintos paganismos europeos al cristianismo supuso, en modo alguno, una fractura tal como a la que hoy estamos asistiendo.

Es curiosa, a la vez que sospechosa, la confluencia del modelo igualitarista y multicultural sermoneado por la izquierda con el que promueven los grandes poderes económicos. A esta nada desdeñable convergencia, hay que sumarle una revolución tecnológica que ha venido a impulsar meteóricamente esta operación de ingeniería social. En estas dos causas puede encontrase la razón del arrollador ímpetu de los extravagantes cambios padecidos por nuestras, cada vez más individualizadas, comunidades.

Las tendencias con las que, desde las instituciones y los medios-fundamentalmente mediante la publicidad-, se pretenden encauzar y programar hasta las creencias y comportamientos más íntimos de las personas han alcanzado un cariz ridículo y forzosamente dogmático. De tal manera que, a derecha y a izquierda, el modelo económico y político está siendo erosionado y comienza a padecer ciertas fisuras.

De un lado, conservadores y liberales que constatan la deriva de su “libre circulación de personas, mercancías y capitales” hacia la vorágine global del deambular de millones de inmigrantes, terrorismo islamista y deslocalización suicida de las actividades económicas. Todo ello, en el marco de un ataque sistemático a la institución familiar y ante la inoperancia de la derecha política.

Por el otro, gente de izquierdas a la que las posturas sociales ditirámbicas del marxismo cultural le son inasumibles. Esas personas que no entienden que haya niños con vulva y niñas con pene. Hombres y mujeres comprometidos socialmente pero, a la vez, desencantados con una nueva y vieja izquierda que se desentiende de la defensa de los trabajadores y se centra en el diseño de un ser deshumanizado, asexuado y amorfo. En definitiva, ciudadanos –muchos de ellos de extracción humilde- que padecen, en sus propios barrios, los efectos reales de la globalización y del multiculturalismo.

Los espíritus más libres, las mentes más inquietas, las miradas más perspicaces ante una obviedad encubierta por la niebla del consumo compulsivo, parece que están despertando.

La convergencia ideológica y política de tan amplio sector de la sociedad es una tarea altamente complicada. Si pretende hacerse desde los empecinados intentos por rehabilitar ideas y personas injusta y lamentablemente proscritas, el fracaso será –como en tantas otras ocasiones- rotundo y sin paliativos.

Igualmente, si se acomete desde posiciones doctrinarias y encorsetadas, que pretendan formular un minucioso sistema alternativo al actual, el cambio necesario y amplio será igualmente frustrado. No se puede poner de acuerdo a tantas personas en futuribles, inciertos y coyunturales detalles aunque para cuatro empedernidos y fracasados teóricos sea cuestión de vida o muerte.

La situación de los países de Europa Occidental comienza a ser tan dramática que no es momento de bosquejar estructuras revolucionarias o redactar engolados manifiestos. La cuestión sería mucho más sencilla. Bastaría con plantear una pregunta para saber quién podría sumarse a esa necesaria revolución amplia.

¿Quiere que su pueblo siga viviendo o que se extinga y desaparezca? Bien pudiera ser esa la pregunta lanzada a millones de europeos para intentar llamar a su reflexión y posicionamiento.

Hay que ser consciente de que en ese cambio regenerador que nuestros países necesitan, puede que en esa revolución amplia converjan personas con las que existan profundas discrepancias en aspectos políticos, económicos o de perspectiva histórica. Sin embargo, el futuro de nuestra gente es algo tan de vida o muerte que ha de estar muy por encima de partidismos, personalismos y particularismos de cualquier índole.

Nuestro puesto en la revolución amplia, necesaria y venidera muy probablemente sea en las primeras filas, en los puestos más arriesgados y menos agradecidos. Convencidos de nuestros planteamientos y conscientes de que será mucho más positivo para aquello en lo que creemos luchar que esperar el amargo final encerrados en una miserable torre de marfil.

 Redacción

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