Diez años sin Sadam

Cuando, hace hoy diez años, la trampilla del patíbulo se abrió bajo los pies del legítimo presidente de Iraq, Sadam Husein al-Trikiti, la posibilidad de un futuro de unidad, de independencia y de convivencia de las distintas confesiones del país árabe también se precipitó al vacío colgada de una soga.

Ese proyecto idílico –liberal, democrático y a la occidental- que los grandes responsables del actual baño de sangre que anega Oriente Medio bosquejaron en las Azores se materializó, desde sus mismos inicios, en una auténtica pesadilla para los iraquíes. El trío patrañero –formado por George W. Bush, Tony Blair y, en una actitud de servil mamporrero, José María Aznar-  es el directo responsable de las llamas que funden a las tierras ribereñas del Tigris y el Éufrates y que, de forma inexorable, se extienden por las calles de demasiadas ciudades europeas.

Un verdadero disparate político neocolonial, que destruyó al Estado y al Ejército iraquí, y una guerra contra las varias insurgencias, que la retirada estadounidense cerró en falso, empujaron a Iraq a un precipicio y a una devastación mucho más terrible que la producida por la aviación norteamericana.

Apoyados por los Estados Unidos, los kurdos han desgajado el norte del país. La influencia iraní, en el seno de la mayoría chií, condiciona la vida política. Ante este panorama, la catástrofe absoluta se cernió sobre la otrora próspera nación cuando la comunidad sunní, marginada y ninguneada por las nuevas autoridades de Bagdad, cayó desesperada en los brazos del yihadismo.

Un Iraq destruido, sumido en una guerra sectaria abierta, dividido, campo de batalla de las distintas potencias regionales y con buena parte de su territorio en manos del Estado Islámico. Este, y no otro, es el Iraq post Sadam Hussein. El resultado de pretender imponer, con misiles y marines, la panacea y la arcadia demoliberal a todos los pueblos de la Tierra.

Pueden cuestionarse, o no, algunas decisiones tomadas por Sadam Husein a  lo largo de sus casi veinticuatro años al frente del país árabe. Pero lo que es un hecho incontestable es que la independencia y la grandeza de un Iraq multiconfesional fueron las ruedas motrices de las políticas del “rais”.

Sadam Husein combatió al rigorismo islámico chií y sunní. La posibilidad de la eclosión del fenómeno terrorista internacional sería, bajo su gobierno, absolutamente inconcebible. En su Iraq no hubo lugar para Al-Qaeda, ni lo habría habido para el Estado Islámico. Los huesos de los terroristas de al-Zawahiri o de al-Baghdadi haría mucho tiempo que se estarían quemando bajo el abrasador sol del desierto.

El futuro de Iraq es tan incierto, dentro de la hecatombe, como lo es su presente. Los remanentes de la resistencia nacionalista y de los viejos seguidores del Baaz han sido fagocitados por el ciclón del Califato. Por desgracia, puede que Sadam Husein pase a la historia como el último presidente de Iraq.

Miguel Sardinero

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

A %d blogueros les gusta esto: