El editorial de la semana: Populistas. Poca cosa, pero menos es nada

Los medios de comunicación al servicio del actual modelo económico –y de su sucursal parlamentaria adlátere – simplifican el análisis de la actualidad en clave cinematográfica. Los políticos críticos, en mayor o menor medida, con ciertas vacas sagradas del régimen son representados como la esencia del mal. Tan poca cosa se puede decir a favor de aquellos partidos o líderes que gozan del favor del “establishment” que éste centra, de manera furibunda, su estrategia en la satanización de las opciones críticas y, cómo no, en agitar ciertos espantajos.

La Europa biempensante respira aliviada tras la derrota del candidato del Partido por la Libertad de Austria (FPÖ), Norbert Hofer. La repetición de unos comicios presidenciales, tras el bochornoso pucherazo que privó a Hofer de la victoria en mayo, ha puesto al frente de la jefatura del Estado austriaco a un hombre –Alexander Van der Bellen– que se amolda al perfil exigido por los poderes económicos y por la imbecilidad social imperante en Europa occidental.

¿Pero pueden suponer los ahora denominados populismos realmente una quiebra del actual sistema? ¿Son Trump, Hofer, Wilders, Salvini o Marine Le Pen los heraldos de una transformación política radicalO, por el contrario, ¿no estarán inflando los medios de comunicación la magnitud de las posibles consecuencias de las políticas que presuntamente pretenden aplicar?

Aunque en un contexto internacional muy distinto, la presencia de partidos críticos con la inmigración en el seno de Gobiernos europeos no es algo nuevo.

El Partido por la Libertad de Austria participó en el Ejecutivo del país alpino, junto con el conservador Partido Popular Austriaco, desde el año 2000 al 2005.  El tránsito del muy anti inmigración FPÖ, del difunto Jörg Haider y de sus sucesores, por el Gobierno se saldó con un incremento de la población inmigrante de un punto, pasando del 8,75% a un 9,73%.

En Italia, la tan beligerante respecto a la inmigración Liga Norte y la extinta Alianza Nacional formaron, bajo los sucesivos Gobiernos de Silvio Berlusconi, parte del Ejecutivo y los datos no dejan de ser paradójicos. En el primer Gobierno de Berlusconi, de 1994 a 1996, la inmigración subió únicamente tres décimas, del 1,7% al 2%. Pero en el segundo Gobierno de “Il Cavaliere” la cifra de inmigrantes en Italia se duplica,  pasando de un 2,52% de la población, en el año 2001, a un 5,02%, en 2006. Y en el, hasta la fecha, último episodio de Berlusconi y sus aliados contrarios a la inmigración en  el Gobierno siguió la tendencia alcista. En el año 2008 el porcentaje de población inmigrante era de un 6,55%, para subir, en el año 2013, hasta el 8,11%.

Estas cifras objetivas -y consultables en la página en Internet de la prestigiosa OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos)- dicen bastante poco de la acción de gobierno de estos partidos que hacen del rechazo a la inmigración su propuesta estrella. Este hecho se debe a que estas opciones llegan a la cúspide de la política tan sumamente descafeinadas, acomplejadas, purgadas y desinfladas que difieren bastante poco –salvo por alguna que otra salida de tono- de los partidos del centro-derecha. Habrá que dar una oportunidad a estos políticos para ver hasta dónde son capaces de llegar en su pulso con los grandes intereses económicos. Lamentablemente, las cifras y los precedentes no invitan al optimismo.

Por otra parte, no hay en los programas de estas organizaciones y ni en el discurso de sus candidatos una propuesta de modelo político y económico alternativo.  Ni tan siquiera algún tipo de reforma constitucional significativa o propuesta análoga. Por tanto, más allá de algunas medidas coyunturales que pueden ser ciertamente drásticas pero de dudosa ejecución, no hay nada en los llamados populistas que les erija en proyectos políticos enfrentados abiertamente con las estructuras que hoy nos rigen, sino en la más pura y dura reacción. Siendo la cuestión de fondo un intento de parte del sistema de sobrevivir derechas, atemperando los efectos de una globalización desbocada.

Quien afirme que los populistas pueden suponer un peligro a la existencia misma del sistema o constituir una alternativa al mismo, más o menos de corte revolucionario, es un intoxicador, un verdadero iluso o un vendedor de humo ajeno ante su ineficacia  para generar resultados políticos propios, que también los hay.

Lamentablemente, corrientes más radicales en su rechazo a la globalización se han visto sobrepasadas por Salvini, Le Pen, Strache, Petry  y compañía. Es innegable que estos líderes y sus partidos han sabido tomar muy bien el pulso político a sus respectivas ciudadanías. Una organización, por pequeña que sea, puede generar un debate social. Pero no hará falta ninguna conspiración sionista o agente del Mossad alguno para conducir a la intrascendencia a aquellos que, desde el más absurdo y ridículo sectarismo, enfocan su presunta acción política a la especulación histórica, a las partidas del “Risk” geoestratégico, a la elucubración sobre los movimientos de la flota rusa o de los misiles Iskander o, simplemente, se dirigen a la gente con una retórica descontextualizada.

Sin embargo, además de la cara de circunstancias de buena parte de lo vocingleros del sistema,  no puede decirse que la eclosión de los populistas no traiga alguna consecuencia positiva.

En primer lugar, cualquier medida que frenemodere o palíe los efectos del delirio multicultural y pro inmigración ha de ser necesariamente bienvenida, venga de donde venga.

En segundo lugar, y esto es lo fundamental, determinados mensajes pueden pasar, de cara a buena parte de la opinión pública, a normalizarseYa no son elementos marginales o encuadrados dentro de la anécdota estadística los que denuncian los efectos negativos de la inmigración. Ahora, desde las instancias políticas más altas del planeta, se proclaman planteamientos similares o próximos. Queda por ver en qué queda todo, probablemente en poca cosa, pero de esa normalización social al rechazo a la globalización pueden las opciones partidarias de cambios más radicales y fecundos sacar rentabilidad política.

Igualmente, esas alternativas auténticamente transgresoras e irrenunciablemente comprometidas con las necesarias y profundas transformaciones que Europa demanda pueden, si no dilapidan la oportunidad intentando hacer girar las manecillas del reloj hacia la izquierda, aglutinar el descontento que la previsible tibieza de los populistas terminará generando en sectores muy amplios de las poblaciones autóctonas.

Redacción

Un comentario sobre “El editorial de la semana: Populistas. Poca cosa, pero menos es nada

  • el 6 Diciembre, 2016 a las 11:36 pm
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    Menos es nada, muy cierto. Advierto que de aquí a un par de años, nos la van a intentar meter doblada en España con algún partido-esqueje del PP, a lo VOX, con el nuevo proyecto de Mayor Oreja, o similares. Hay que ser implacable en ese sentido: no hay voto útil que valga con ex-peperos.

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