Holocausto sobre hielo

Lo último en representaciones “educativas” del llamado “holocausto” es una coreografía con dos patinadores ataviados con los celebérrimos pijamas de rayas, rematada con el sobrecogedor sonido de una ametralladora.

Cada año se estrena, al menos, una superproducción Hollywoodiense que narra de forma estremecedora las desgracias de los internos de los campos de trabajo alemanes durante la Segunda Guerra Mundial, o las fantásticas (literalmente) peripecias de algún comando caza nazis. Se lanzan a la venta decenas de novelas sobre el sufrimiento de los sorprendentemente numerosos supervivientes y novelas de ficción como “El diario de Ana Frank” se han convertido en lectura obligatoria en todos los institutos.

Pero cuando el musical sobre la vida de Ana Frank parecía la idea más disparatada en relación con la divulgación del forzosamente incuestionable drama del holocausto, aparece este nuevo ingenio al más puro estilo “Disney on ice”, pero en patético.

El holocausto sobre patines no ha contado con una gran acogida por parte de los guardianes del protocolo en la difusión del tema holocáustico. Al parecer, el espectáculo no da suficiente pena.

Cualquier episodio de la historia puede ser sometido a crítica, estudio y mofa. Cualquier creencia o filosofía puede ser cuestionada o representada de forma cómica ante el mundo. Cualquiera.

Excepto el tema del holocausto.

Todo lo relacionado con el holocausto ha de manifestarse con la aflicción de las plañideras egipcias, tal y como el pueblo judío viene haciendo desde la remota época de las lamentatrices de Israel.

Con el holocausto, bromitas, las justas.

 

Ana Pavón

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