El Editorial de la semana: la República Soviética de Podemos

Tras una legislatura constituyente, doce legislaturas ordinarias y treinta y nueve años consecutivos de parlamentarismo en España, lo más reseñable de la vida de las Cortes Generales, tras la restauración monárquica de 1975, es que a lo largo de todas estas décadas ninguna de sus señorías haya plantado cara, tal y como ha de plantarse, a las continuas afrentas a la dignidad y a la honorabilidad de España que se suceden en el hemiciclo.

Ningún diputado ha sido capaz de cerrar literal o materialmente la bocaza a cualquiera de esos energúmenos que, desde su escaño, proclaman gratuitamente a los cuatro vientos alguna de sus ocurrencias insultantes contra nuestro país.

Con el transcurso de los años, la cosa ha ido a más. Ni los diputados de la extinta Herri Batasuna tuvieron arrestos para proferir las invectivas que hoy son vomitadas en el Congreso de los Diputados o en el Senado. Y a las palabras les han venido a acompañar, en estos últimos tiempos, los gestos y provocaciones de la más diversa índole.

A ese despojo humano llamado Joan Tardà y a su mamporrero, hablamos de Gabriel Rufián, se les han venido a sumar una buena cuadrilla de imbéciles procedentes del grupo parlamentario de Unidos Podemos. Ya no sólo hay que soportar la bilis separatista antiespañola, también hay que sumarle la hez izquierdista, igualmente antiespañola.

Estos excrementos antropomorfos y parlantes, aprovechando la presencia del Jefe del Estado, vinieron a dar la nota en la apertura solemne de la legislatura. Camisetas con mensajes, sentadas, actitud poco respetuosa y, no podía faltar, bandera republicana incluida.

Nada puede extrañar de individuos de la catadura de Diego Cañamero o de algún intrascendente nostálgico comunista. Lo realmente doloroso es que nadie, absolutamente ningún diputado, fuese capaz de arrancar de las manos del senador de Izquierda Unida, Iñaki Bernal, la enseña de un régimen genocida exhibida en las Cortes Generales.

A todos estos señores sus gracietas y provocaciones les salen muy baratas. Ni son sancionados por el Reglamento del Congreso o del Senado, ni tampoco han de invertir en algún que otro merecido implante dental o caja de ibuprofeno. Y, de esta manera, continúan con sus insultos y elevan, día a día, el tono de los mismos.

Hay que estar muy atentos y ver hasta qué punto puede llevar esta izquierda, de nuevo cuño y rancio espíritu, su republicanismo. Para ellos la república no es una forma de articular la jefatura del Estado, para ellos la república es su Estado. Y hay que tirarles poco de la lengua para que empiecen a sumarle apellidos, tales como popular o socialista.

En las obtusas cabezas de Bódalo o Cañamero no cabe la idea de una república gobernada por una persona que no sea de izquierdas. Su república es la de los puños en alto, la de las estrellas rojas de cinco puntas, la de las iglesias en llamas, la de Paracuellos y los paseos.

Pero hay en Podemos mentes mucho más peligrosas, efectivas, sutiles y afiladas. Con la cantinela de la democracia y de la modernidad, la infiltración de ese republicanismo sectario y de izquierda radical va avanzando posiciones. Su posibilidades de éxito están aún lejos. Pero con un centro-izquierda en descomposición y un independentismo fuerte, gracias a un sistema electoral francamente injusto, una nueva pesadilla, en forma de bandera tricolor, hoy no es absolutamente descartable.

Redacción

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