El editorial de la semana: No ha ganado Trump, ha vencido el pueblo

Trabajadores blancos que perdieron su vivienda por la crisis de las hipotecas y la consiguiente Gran Recesión, cuyos efectos Obama ha sido incapaz de paliar, y que ahora viven en autocaravanas. Auténticos norteamericanos que han visto como se arruinaban sus negocios o han perdido sus empleos por la invasión de productos chinos. Ciudades en franca despoblación por la deslocalización de las industrias. Empleados que han asistido impotentes a la devaluación de  sus salarios debido a la inmigración masiva.

Ellos, todos ellos, han sido los auténticos triunfadores de las elecciones presidenciales de los Estados Unidos. Las víctimas más sangrantes de los efectos de la globalización, en el país que ha promovido decisivamente dicho proceso, se han alzado con la victoria. Se trata de esa mayoría silenciosa, esa población mayoritariamente blanca, que ha de presenciar impávida la destrucción de su calidad y forma de vida. Esos millones de norteamericanos, que como los europeos, parece que han de soportar el suplicio de su propia extinción como si se tratase de la expiación de los presuntos pecados de sus antepasados.

Incluso aquellos inmigrantes procedentes de países de América Central o del Sur, ahora ciudadanos norteamericanos, que han comprendido lo nocivo de la política de puertas abiertas a sus antiguos compatriotas han resultado ganadores.

Ha perdido el “establishment” de Washington, Wall Street, la CNN y los grandes emporios de la comunicación. También ha fracasado la casta de Hollywood, esos hipócritas que ejercen la solidaridad desde sus mansiones de Beverly Hills. Como también se han pegado un buen batacazo las chillonas del feminismo y esa meca del multiculturalismo que se llama Nueva York. Los resultados electorales son una llamada de atención a esos inmigrantes que, con una falta total de gratitud, pretenden imponerse y cacareaban que “la vieja América ya no existía”.

Mención especial se merecen todos esos memos y memas que, a lo largo y ancho del mundo, han hecho furibunda campaña contra el candidato republicano, Donald Trump. Ha sido altamente gratificante el observar, en programas de televisión y en las mismas calles, sus rostros constreñidos y compungidos, sus caras largas y de circunstancia conforme avanzaban los datos del escrutinio.

Ni la sustitución de la población estadounidense por millones de inmigrantes procedentes del sur de la frontera con México, ni el discurso del miedo, ni la manipulación mediática, ni las imbéciles muecas de diseño de Hillary Clinton, ni la promesa del gran bukake de Madonna, ni las amenazas de Robert De Niro, ni todas las estrellas de la NBA o la NFL juntas han podido doblegar la voluntad de cambio, a la par que de supervivencia, de los estadounidenses.

No hay que hacerse muchas ilusiones sobre el nuevo presidente de los Estados Unidos. Que nadie vea en Trump un modelo alternativo a nada. Simplemente Trump ha puesto en la palestra política un axioma que debería ser materia obligatoria en la enseñanza media y en la universitaria: la inmigración masiva degrada las condiciones laborales de los trabajadores autóctonos y merma su nivel salarial.

Queda por ver cómo se va a desenvolver Trump ante las presiones y  los “lobbies” que le acechan. Si tendrá suficiente fuerza y determinación para frenar la inmigración, invertir el tradicional intervencionismo unilateral norteamericano en política internacional y si logrará un entendimiento con la Rusia de Vladimir Putin. Todo es una verdadera incógnita y más vale no derrochar mucha fe en el magnate, ahora presidente de la primera potencia mundial.

Pero parece que el mundo anglosajón está dando unas lecciones de soberanía e independencia al resto del mundo. No se trata de grandes cambios estructurales, pero  proporcionan una esperanza con la que encarar el futuro. El fumadero de opio en el que desde 1945, en algunos países bastantes años antes, se ha mantenido a Occidente comienza a hundirse.

Lo que realmente es un elemento ilusionante es que durante unas décadas más los pueblos europeos, o de origen europeo, posean aún la suficiente masa crítica para afrontar transformaciones más radicales, profundas y fecundas que aseguren definitivamente su propia supervivencia.

Redacción

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