Antonio Ortiz era «medio chapero, un vago y un vividor»

Nos recibe en una cafetería de la capital. En uno de esos barrios madrileños que, antaño, fueron obreros y hoy se encuentran deprimidos por la delincuencia, la inseguridad y la inmigración masiva, principalmente, sudamericana.

Gabriel -nombre ficticio- es un hombre deportista, fuerte, de mediana estatura y unos 40 años de edad. Asegura que conocía a Antonio Ortiz, el presunto pederasta de Ciudad Lineal.

Despiertainfo: ¿Cómo conociste a Antonio Ortiz?

Gabriel: En el gimnasio donde entrenaba. Yo trabajaba allí en aquella época. Era el monitor y conocía a la mayoría de los socios. También a Antonio Ortiz.

Despiertainfo: ¿En qué año fue eso? ¿En qué gimnasio?

Gabriel: Fue en el 2008. El nombre del gimnasio prefiero no darlo. Simplemente diré que estaba cerca del barrio donde dicen que Ortiz abusó de las niñas. Ahora está cerrado.

DI: Conociste a Ortiz en el gimnasio pero ¿cómo entablaste amistad con él?

G: Cuando trabajas en un gym hablas con todos los socios, pero es cierto que con unos tienes más afinidad que con otros. No éramos hermanos del alma pero teníamos bastante trato, era un tío sociable. Y, con el paso del tiempo, me contaba cosas de su vida personal, lo típico. Luego hay cosas que, directamente, las ves.

DI: ¿Qué cosas viste de Antonio Ortiz?

G: Pues que era un vividor. El típico sinvergüenza que intenta vivir a costa de los demás. No le importaba el cómo ni de quién. Tampoco quería trabajar, era un vago. Decía que por menos de 1.500 euros no curraba.

DI: ¿Y de quién vivía?

G: Pues, cuando le conocí, vivía de un hombre de 65 años. Le pagaba todo a cambio de sexo: ropa, cuota del gym, suplementos de nutrición, etc.

DI: ¿Cómo sabes que era a cambio de sexo?

G: (risas) Si no, ¿de qué? El viejo era un marica declarado y no eran familia, ni nada. Sólo un hombre que le pagaba todo. Y no era el único. Antonio era medio chapero, esas cosas se saben (risas).

DI: Quizá era homosexual y le gustaban los hombres maduros.

G: (risas) ¡Qué va! A Antonio le gustaban mucho las mujeres. Sobre todo las sudamericanas: venezolanas y colombianas. Y con buen físico. Pero si podía aprovecharse de alguien, no hacía ascos. También estuvo con un colombiano, bastante mayor que él, que trabajaba limpiando el Museo de Ciencias Naturales y, a la vez, trapicheaba con drogas. Por pasta, claro.

DI: ¿Se aprovechaba también de mujeres?

G: Sí. Tuvo una novia venezolana bastante solvente porque era propietaria de una inmobiliaria y varios salones de belleza. Ella, prácticamente, le mantenía. Lo dejaron cuando se enteró de que Antonio la engañaba con una de sus empleadas.

DI: ¿Se rodeaba de mujeres solventes?

G: De mujeres y hombres más o menos solventes. Ya te digo que Antonio no hacía ascos si podía sacar beneficio.

DI: ¿Tenía éxito con la mujeres?

G: Es posible, cuidaba mucho su aspecto físico y tenía buena pinta. Pero también exageraba y era bastante flipao. Alardeaba de sus conquistas por las redes sociales. Pero yo creo que se inventaba él los perfiles (risas). Una vez nos enseñó el de una supuesta amante e, indagando, descubrimos que las fotos eran de una actriz porno mexicana (risas).

DI: ¿Cómo conseguía que la gente cubriera sus gastos?

G: Con mentiras, supongo. Era de ese tipo de personas que viven del cuento de manera profesional. Cuidaba mucho su apariencia, su físico y vestía bien. Además es de Jaén, por lo que tiene ese gracejo andaluz que gusta a la gente…Todo fachada. En realidad era un desgraciado.

DI: Sobre su vida personal, ¿qué tipo de cosas te contaba Ortiz?

G: Al principio de conocerle poco. Cuando empecé a trabajar en el gym, a los pocos meses, desapareció durante un tiempo. Al volver, me contó que había estado preso por un robo, de ahí su desaparición. También me confesó que, cuando yo entre a currar, estuvo en régimen de tercer grado penitenciario e iba a dormir todas las noches al Victoria Kent.

DI: ¿Te contó por qué delito cumplía el tercer grado?

G: No. Sobre eso no decía ni pío. Más tarde me enteré, por la prensa, que fue por abusos a otra menor. Sólo me contó lo de la última condena por robo. Y, a partir de ahí, me dijo que se dedicaba a cobrar deudas, robar a traficantes y hacer escoltas para gente «chunga». Trabajos honrados, vaya (risas).

DI: ¿Gente «chunga»?

G: Sí, mafiosos del mundo de la noche. Prefiero dejarlo ahí.

DI: ¿Era habitual ver a Antonio Ortiz con delincuentes?

G: Era habitual verle con maricas, sudamericanos y algún marroquí. Se movía mucho por ambientes y discotecas latinas. Solía relacionarse con gente que estaba metida en historias de drogas y demás trapicheos.

DI: ¿Durante cuánto tiempo tuviste trato con Ortiz?

G: Pues desde que le conocí en 2008 hasta 2014. Cuando le detuvieron por lo de las niñas, llevaba varios meses sin saber de él.

DI: ¿Te resultó sospecho estar durante meses sin conocer su paradero?

G: No, en absoluto. Antonio y yo tuvimos un trato más estrecho hasta 2012, por cosas del gym. Después, seguíamos hablando pero con menos frecuencia. Era normal que estuviera meses sin saber de él.

DI: ¿Qué retrato harías sobre Antonio Ortiz? A grandes rasgos.

G: Pues una cosa que me llamaba mucho la atención es que era muy infantil. Tenía cosas absurdas de niño de 15 años: las bromas, los comentarios…como si no hubiera evolucionado mentalmente, ¿sabes? Tampoco tenía empatía con los problemas ajenos. Cuando le pasaba algo te contaba sus penas a moco tendido pero, cuando tú le contabas los tuyos, el tío pasaba. También era egoísta, materialista, hedonista y superficial. Pero bueno, lo habitual en la sociedad que se fomenta hoy en día. Nada nuevo.

DI: Muchas gracias por todo, Gabriel.

G: A tí.

Luz Marrero

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