El editorial de la semana: Colonización sociocultural

Durante los últimos días no han sido pocas las personas, e incluso programas de televisión de éxito, que se han esforzado en intentar dar un cierto contenido y raigambre histórica a esa locura social llamada Halloween.

No está en el ánimo de este editorial reconocer el innegable origen celta y, por tanto, europeo de esta festividad de recuerdo a los ancestros o que Roma adaptó esta fecha, como la fiesta de la cosecha, en honor a la diosa Pomona.

Tampoco se pretende cuestionar que el cristianismo instrumentalizó, e hizo suya, esta festividad pagana dotándola de un contenido acorde a su fe. No es la única. Ahí tenemos el nacimiento de Jesucristo, coincidente con solsticio de invierno, o la festividad de San Juan Bautista, con el solsticio de verano.

No se trata de negar el origen benéfico y caritativo de alguno de los ritos del actual evento como el trick of treat. Que, por cierto, se traduce literalmente como “travesura o dulce” o “susto o dulce” y no como “truco o trato”.

Ni se pretende, en ningún caso, un alarde de patrioterismo castizo con ínfulas confesionales.

Resulta que hay que rascar muy poco para constatar que Halloween poco tiene que ver con los druidas, los celtas, los antiguos romanos o con la víspera de Todos los Santos. Es una fecha más del calendario con el que el modelo económico y político pretende homogeneizar, bajo el patrón del american way of life, a todo el planeta. Una pantomima al servicio de la economía, como puede ser el Black Friday o cualquier otro tinglado que quieran inventarse, importarnos e imponernos.

Halloween es una fecha a la cual se le ha extirpado todo contenido para rellenarlo de  consumo estúpido y desaforado. Algo que se celebra por millones de personas que no saben por qué lo celebran, simplemente lo hacen porque los patrones de comportamiento colectivo de la globalización así lo estipulan. Igualmente viene a ocurrir con Navidades, fechas a las que se está procediendo a un metódico  vaciado de sentido y ya son más los niños que no tienen ni idea de qué diantres se celebra de los que lo saben. Probable y desgraciadamente, creerán que se trata de la fiesta de Cortylandia, de “la fiesta de los regalos” o de “la fiesta de las uvas”.

En nuestro país esto del Halloween se traduce en una avalancha de disfraces, decoración y todo tipo de artículos low cost, a la venta en supermercados y grandes superficies. Amén de los comercios regentados por chinos, que vienen a materializar en sus mercaderías la cutrez elevada a la enésima potencia. Muy del gusto de los inmigrantes ecuatorianos y dominicanos, todo sea dicho.

Por otra parte, tan dados como somos en España a enriquecer las fiestas con nuestro particular toque, se produce la noche del 31 de octubre al 1 de noviembre una movilización masiva de jóvenes –y no tan jóvenes- dispuestos a consagrar, aunque sea de manera inconsciente, Halloween a Baco.

Son esas hordas de diablesas, vampiresas, santas muertes, zombis y demás iconos del terror que, cargados con bolsas llenas de alcohol barato y vasos de plástico, deambulan por las calles para recalar –si la economía lo permite- en alguna fiesta. Conforme avanza la noche, y el sudor etílico se mezcla con el maquillaje, estas personas se transforman en representaciones vivientes y beodas del mundialmente conocido “Ecce Homo” de Borja.

Ya de amanecida, algunos de estos individuos se convierten en verdaderos muertos vivientes que, a duras penas, pueden levantarse del charco de su propio vómito sobre el que reposan, en aceras o vagones de transporte público, su colosal borrachera.

Así, de esta manera, el 1 de noviembre pasa a ser el día de los difuntos porque buena parte de la población del país se encuentra, bajo los efectos de una monumental resaca, de cuerpo presente.

Poca identidad y muy poca profundidad pueden rescatarse de este asunto del Halloween que,  por muy celta que sea su origen, tiene muy poco de español tanto en su nombre como en su configuración actual. No deberíamos tener que irnos al otro lado del Atlántico, tomar como referencia a los irlandeses o a cualquier otro pueblo hermano de Europa para saber que nuestro folclore y tradición ya introdujo muchos elementos precristianos y ancestrales en la, siempre señalada en el calendario, festividad de Todos los Santos. Un legado milenario que se extingue al grito de truco o trato.

Ya sea como los celtas o como se ha venido celebrando en nuestro país durante más de una decena de siglos, hoy es un día de arraigo, de familia y de recordar a nuestros difuntos. A esas personas nos precedieron o no, que nos hicieron ser como somos y que ya no se encuentran entre nosotros.

Redacción

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