El editorial de la semana: La técnica de Ludovico

Stanley Kubrick inmortalizó de forma magistral en su película “La naranja mecánica” lo que universalmente ha venido a identificarse con un lavado de cerebro. De tal forma que “Alex”, el protagonista de la cinta, forzado a ver imágenes de violencia atado a una silla y con los ojos abiertos por unos ganchos se convirtió –hace ya muchas décadas- en un icono de nuestra época. La secuencia es de tal impacto que, a diferencia de tantas otras, ha resistido incólume el paso del tiempo.

El cineasta neoyorquino de origen judío plasma en “La naranja mecánica” la técnica Ludovico: un tratamiento ficticio inspirado en el condicionamiento clásico o condicionamiento pavloviano. Por ese condicionamiento clásico se entiende un método de aprendizaje asociativo por el que mediante la repetición de un estímulo se llega a obtener una respuesta automática. Hablamos del famoso experimento de los perros a los que se les hacía sonar una campanilla antes de darles de comer. Finalmente, con hacer sonar la campanilla los canes salivaban.

Pero por aquello de que la realidad termina superando a la ficción, la tortura represora a la que Alex es sometido en “La naranja mecánica” no dista mucho de eso a lo que comunicadores y sociólogos han venido a denominar la formación de la conciencia global. Y, por muy inteligentes que nos creamos, el comportamiento de los europeos no dista mucho del que se indujo a los perros de Pavlov.

Mediante un incesante bombardeo publicitario y sumergiendo al ser humano, a través de los medios de comunicación y de  la tecnología, en una vorágine de información el modelo económico y político ha conseguido reprimir buena parte de las conductas innatas e instintivas que, como seres vivos, los europeos hemos tenido desde los albores de los tiempos y de la propia especie.

Desde la territorialidad –entendida como el establecimiento de territorios fijos y de sus límites y de la admisión o exclusión de otros individuos-  a la mera supervivencia de nuestros grupos humanos mediante la reproducción, las sociedades europeas han dado la espalda a la lógica de la naturaleza y de la ciencia para abrazar su propio suicidio y extinción.

A ello se ha llegado, como en “La naranja mecánica”, mediante un tratamiento de choque que ha utilizado perversamente imágenes de personajes y hechos históricos manipulados o directamente inventados. Llegando a imbuir a los europeos de una conciencia generalizada de culpa.

Este suplicio mental, poderosamente ejecutado desde 1945, ha conducido a la aceptación sumisa y bobalicona de la llegada de millones de inmigrantes, a la pasividad ante la pérdida de la identidad propia, al pacifismo que más bien esconde mansedumbre y cobardía, a la pérdida de los roles biológicos del hombre y de la mujer, al hedonismo extremo o a la caída en picado de la natalidad. Una larga relación de pautas y comportamientos, directamente contrarios a la misma vida, en los que subyace el lavado de cerebro colectivo o castración mental de los pueblos de Europa.

Y, como en el caso de los pobres perros de Pavlov, ahí tenemos la repetición frenética, incesante y envolvente del estímulo de la multiculturalidad, del inmigracionismo o de la ideología de género a través del cine, de las cuotas de pantalla, de las series y programas televisión, de los reality shows, de las estrellas del deporte y de los equipos más importantes, de la educación en los colegios e institutos, de la omnipresente publicidad de las grandes marcas y sus modelos socio-familiares mestizos, apátridas, multiculturales, homosexuales y, curiosamente, con una preocupante escasez de niños blancos.

Existen determinados instintos que si se desbordan, o se les da excesiva rienda suelta, pueden generar ciertos problemas. Evidentemente, los hombres y mujeres libres siempre crearán más dificultades que aquellos a los que se les ha arrancado hasta su propia voluntad de sobrevivir.

Redacción

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