El editorial de la semana: No es xenofobia, se trata de sentido común

Durante esta semana los vocingleros al servicio del modelo económico y político más radicalmente globalizado se han quedado afónicos en sus invectivas contra la primera ministra británica, Theresa May. El candidato republicano a la Casa Blanca, Donald Trump, tampoco se ha librado de la lapidación mediática que, contra su persona, se ha desarrollado a nivel planetario. Las acusaciones de xenofobia, de racismo y todos los epítetos imaginables asociados –por la corrección política imperante- con la insolidaridad han caído sobre ambos.

El motivo no es otro que los planeamientos que, con respecto al problema de la inmigración, mantienen May y Trump.

A ninguno se les puede asociar, por trayectoria e ideología, a posturas próximas al fascismo o a cualquier otro tipo de movimiento social patriota o de corte identitario.  Theresa May y Donald Trump se mueven dentro del espectro conservador y liberal. No existen en el Partido Conservador y Unionista británico o en el Partido Republicano norteamericano corrientes rupturistas con el modelo parlamentario, ni se cuestiona el sistema económico de libre mercado. Tampoco hay en ellos atisbo de racismo y, por ejemplo, Trump mantiene unas relaciones preferenciales con el Estado genocida de Israel.  Ambos partidos han sido determinantes en buena parte de la configuración del actual orden mundial.

Por mucho que se desgañiten El Gran Wyoming y otros individuos de naturaleza análoga, bien podría decirse que, desde una perspectiva escrupulosamente democrática, Trump y May cuentan con una legitimación mayor que algunas de las nuevas y viejas vacas sagradas de la izquierda.

Theresa May y Donald Trump no han hablado de poner punto final al problema migratorio mediante la repatriación de los inmigrantes o cerrando a cal y canto las fronteras de sus respectivos países. Simplemente han incidido en la necesidad de algo tan necesario y apremiante  como controlar la inmigración masiva y limitarla. Y estas políticas están encontrando un amplio y favorable eco entre los ciudadanos autóctonos de Gran Bretaña y Estados Unidos.

Los agoreros biempensantes y los estómagos agradecidos de la progresía quieren pintar un panorama inquietante y fantasmagórico sobre el Reino Unido después del Brexit. ¿Cuánto queda para que entren en escena el violín desgarrador, las vías férreas y las imágenes en blanco y negro? ¿Para cuándo la película de Steven Spielberg?

Resulta paradójico que quienes más se oponen a las políticas de control de la inmigración que Theresa May se dispone a aplicar y que Donald Trump lleva en su programa electoral sean, por una parte, los grandes poderes económicos y financieros y, por otra, la izquierda emergente más recalcitrante.  Al final va a resultar que aquellos condenados a la marginalidad, repudiados hasta por los suyos y constreñidos en círculos grotescamente conspiranoicos tenían razón cuando afirmaban que el capitalismo y el comunismo eran, cada uno de ellos, los dos brazos de una misma tenaza.

Redacción

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