El editorial de la semana: El liquidador

Si se hace un poco de memoria podría encuadrarse, tal como hacían los antiguos romanos, el día 22 de julio del año 2000 dentro de los dies nefasti de la historia reciente de España. A muy pocos les traerá recuerdo alguno dicha fecha, sobre todo a los más jóvenes. Pero a los no tan jóvenes les puede refrescar la memoria el hecho de que en tal día como aquel se celebraba, en el marco de su 35 Congreso, la votación para la elección del secretario general del PSOE.

José Luís Rodríguez Zapatero ganaba, por nueve votos, la secretaría general a José Bono. El escrutinio fue muy apretado: 414 votos para Zapatero y 405 para Bono. Por detrás quedaban Matilde Fernández y Rosa Díez, con 109 y 65 votos.

Muchos de los compromisarios socialistas que votaron en dicho Congreso se arrepintieron o se arrepienten del sentido de su decisión. Y no es que desde estas líneas se vayan a realizar loas hacia el casi eterno ex presidente de la Junta de Castilla-La Mancha, José Bono, como una esperanza perdida para el bienestar de los españoles. Pero la caja de Pandora que se abrió con el zapaterismo ha tenido consecuencias funestas tanto para el PSOE como, dada su importancia en la vida política de nuestro país, para el conjunto de España.

Fueron los años de Zapatero aquellos del Tripartit con los socialistas Pasqual Maragall y José Montilla amancebándose con la Esquerra Republicana de Catalunya, de Josep-Lluís Carod-Rovira, para malparir el Estatut.

También fueron aquellos tiempos los de la Ley de la Memoria Histórica, los  del Ministerio de Igualdad, de Bibiana Ahído, y de los millones de nuevos parados que acompañaron el final de la era Zapatero.

Un partido roto a nivel territorial y sin identidad, en el que algunas federaciones -como la catalana- han apostado por la vía soberanista y el denominado derecho a decidir. Una juventud, la de izquierdas, radicalizada por el revanchismo guerracivilista de la memoria histórica, azuzado por Zapatero, y que se ha ido en masa a la izquierda emergente de Podemos. Un partido que, pese a decirse socialista, huele a viejas reformas laborales y, como en el caso de Andalucía, a corrupción institucionalizada.

Esta es la terrible herencia que recogió un hombre llamado Pedro Sánchez. Un hombre cuyos principales activos eran su atractivo físico y  firme verbo, frente al mentón menguado y a la extraña dicción de Rajoy.

Sin embargo, las armoniosas facciones y la perfecta modulación de sus palabras sólo le han valido a Sánchez para poner a su partido, el PSOE, al borde del abismo. Elección tras elección los socialistas van de descalabro en descalabro. En las Elecciones Generales celebradas el pasado 26 de junio, pese a cosechar los peores resultados de su historia reciente, incluso se sentían satisfechos por haber evitado el sorpasso de la izquierda radical. No conforme con ello, y tras la fallida investidura de Rajoy, Sánchez se ha lanzado –con el pobre bagaje de 85 diputados- a la quimérica búsqueda de un Gobierno alternativo con el apoyo de Podemos y de los independentistas.

El batacazo del domingo en las elecciones autonómicas vascas y gallegas no ha hecho encaminarse a Sánchez hacia la única salida digna posible, que no es otra que la de su dimisión. En una pirueta más del personalismo más indecente, Sánchez se enroca en unas nuevas primarias y en un Congreso extraordinario.

El PSOE es en estos momentos una entidad en concurso y Pedro Sánchez, de gran esperanza, se ha convertido en su liquidador.

Redacción

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