El editorial de la semana: ¿Una Conferencia de Yalta para Siria?

A comienzos de febrero de 1945, cuando en Europa y en el Pacífico aún se desarrollaban encarnizados combates, los tres mayores criminales de guerra de la historia -Iósif Stalin, Winston Churchill y Franklin Delano Roosevelt- se reunieron en la ciudad de Yalta, Crimea, para decidir el cruel destino de aquellas áreas geográficas que, de manera irremisible, estaban a punto de caer en sus garras.

El presidente de los Estados Unidos y el premier británico, ambos quintaesencia del parlamentarismo y de la democracia liberal, condenaban tácitamente a millones de seres humanos a vivir bajo el yugo de la mayor tiranía que los tiempos han conocido: el comunismo stalinista. Las líneas maestras de la Guerra Fría habían sido trazadas.

De ahí, dada la trascendencia de Yalta en la historia universal, la inquietud con la que los acuerdos en materia internacional entre los Estados Unidos y el gigante eslavo son acogidos a nivel mundial.

Esta semana, estadounidenses y rusos han llegado a un nuevo acuerdo de alto el fuego en Siria. No es el primero, pero parece que esta vez ambas potencias van a poner toda la carne en el asador para, salvaguardando sus respectivos intereses, llegar a una solución al conflicto sirio.

Con reminiscencias coloniales, Rusia y Estados Unidos han lanzado a los cuatro vientos un acuerdo cuyo cumplimiento por las partes se hace, a todas luces, inverosímil. Sin embargo, no es descartable que, debido a la influencia que unos y otros tienen en el bando gubernamental sirio o en el de los terroristas, pueda llevarse, más o menos, a la práctica.

¿Pero va a suponer este alto el fuego el fin del sufrimiento del pueblo sirio? En modo alguno. No son pocos los analistas, generalmente críticos, que vienen avisando de una partición –que ya es “de facto”- del país árabe. Una descomposición sectaria que tiene un claro paralelismo con el Irak actual.

Ahí tendríamos una entidad kurda autónoma –que sin embargo, Turquía no quiere tolerar-, a Al-Ásad (o a su sucesor) en la zona occidental de Siria y, diseminados por todo el país, una serie de enclaves rebeldes de difícil encaje. Los hoy aún dominios del Estado Islámico vendrían a repartirse, en una loca y sangrienta carrera, por las diversas facciones.

El pragmatismo de los aliados de Siria -Rusia e Irán- ha servido para apuntalar al Gobierno de Al-Ásad pero no ha sido suficiente para inclinar definitivamente la balanza a su favor. La aviación y las milicias enviadas no han bastado para dar el espaldarazo definitivo, en forma de decidida intervención terrestre, que Siria necesitaba y necesita. El tiempo, demasiado, parece que ha jugado en contra del mandatario sirio y, lo que es peor, del futuro de su pueblo.

Aún es muy pronto para realizar análisis concretos sobre la viabilidad de esta tregua y de sus futuros efectos. Es posible que la magnificencia del acuerdo entre rusos y americanos se convierta, en unas semanas, en papel mojado. Pero algo empieza a oler mal, demasiado mal, en el juego geopolítico de las grandes, y no tan grandes, potencias implicadas en el conflicto. Una guerra, la siria, de cuarta generación o asimétrica que, bajo el sufrimiento y el horror, puede esconder la pugna por el gaseoducto Qatar-Arabia Saudí-Jordania-Siria- Turquía, anhelado por los norteamericanos y las petrodictaduras del Golfo, y el gaseoducto Irán-Irak-Siria-Turquía, del interés de persas y rusos.

Sin caer en interpretaciones materialistas de la historia, pudiera ser que, como en Yalta, se hayan puesto nuevamente de acuerdo. En este caso, no sólo Al-Ásad, sino Siria habrá perdido la guerra.

Redacción

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