El editorial de la semana: La guerra que terminó y la guerra que ha empezado

Cuando un yihadista se inmole en una estación de metro, en un autobús o en un avión no va a reflexionar, ni por un sólo momento, si sus víctimas, ese elevado y creciente número de víctimas que su ansia asesina demanda, son de derechas o de izquierdas.

Cuando un pandillero, un miembro de alguna de las denominadas bandas latinas, la emprende a machetazos en el centro de la ciudad o viola a una joven utilizando como colchón la espalda del novio de la forzada, ni tan siquiera tiene conciencia o conocimiento de la división entre “rojos” y “nacionales” que tuvo lugar en España.

Cuando un soldado del Califato abra fuego contra una multitud le va a importar muy poco si a quienes acribilla son nostálgicos del régimen del general Franco o, por el contrario, de la Segunda República.

Únicamente, y si el “modus operandi” de la masacre lo permite, una tez más oscura logre evitar el amargo final y que el punto de mira o el cuchillo del verdugo elija una víctima autóctona de piel más clara.

Se cumplen estos días el ochenta aniversario del alzamiento cívico-militar de 1936. A pesar de lo que está sucediendo en Europa, la izquierda española se regocija en aquel enfrentamiento civil, revolcándose en las trincheras que surcaron la piel de toro como lacerantes tajos. Por medio de una versión maniquea y a la carta de los hechos que acontecieron en España, la izquierda sigue condicionando la vida política nacional. Zapatero, Monedero, Iglesias y tantos otros encontraron -o han encontrado- en la Guerra Civil, en la instrumentalización de semejante tragedia, un filón político en el que se mueven cómodamente en aras de  la fidelización y la movilización de un sector importante de su electorado.

Decía Ortega y Gasset que “suele el español hacerse ilusiones sobre su pasado, en vez de hacérselas sobre su porvenir”. No parecen estos tiempos muy propicios para la ilusión. Pero deben serlo para estar unidos y prevenidos ante el ataque que, de forma inesperada, podemos sufrir. La eclosión del modelo multicultural se está cobrando ríos de sangre. Sangre fresca y reciente, no la vertida hace casi un siglo por muchos honores y respeto que ésta merezca.

La guerra ha estallado. Es una guerra causada por la perfidia de nuestros gobernantes, por su sometimiento a los poderes financieros y la aplicación del multiculturalismo que éstos demandan. Por eso, quien, por sus treinta monedas, ha provocado esta catástrofe difícilmente podrá enmendar este caos. ¿Monsieur Hollande?, ¿el que bombardea al Estado Islámico pero financia y pertrecha a otros terroristas en Siria?, ¿Frau Merkel?, ¿esa señora de los “selfies” con ex yihadistas devenidos en refugiados?

Queridos lectores, el enemigo acecha en un suburbio, en un piso patera, en un oratorio radical, en cualquier medio de transporte. Nuestro vecino del norte –Francia– está pagando las consecuencias, a un alto precio en vidas humanas, de la locura multicultural. Que no nos quepa duda que el enemigo ha puesto sus ojos en España. Cuando recibamos el golpe, y lo vamos a recibir,  a alguno le puede sorprender este hecho con un gorro de miliciano e intentando reabrir las trincheras de 1936. Dados los precedentes no nos extrañará que, en vez de hacer frente común, nuestros políticos intenten sacar tajada y partido del dolor.

Redacción

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *