El editorial de la semana: Los políticos aprietan y ahogan

Sonrisas sardónicas o irónicas, expresiones de tipo listo o listillo, cejas arqueadas para escenificar sorpresa ante los argumentos del oponente, medidas gesticulaciones de manos femeninas o manitas feminizadas. Todo mohín es válido para que alguno de los candidatos a las inminentes elecciones generales,  o cualquiera de la pléyade de aspirantes a diputado o a senador, intente arrancar un puñado de votos vía debate televisivo. El espectáculo ha comenzado.

Una buena legión de creativos y asesores de imagen trabajan, durante estos días, a pleno rendimiento. Gurús todos ellos de estas disciplinas comunicativas inaccesibles para los no iniciados. Pseudociencias del cosmopolitismo y de la posmodernidad no sustentadas sobre ninguna verdad empírica. Rentable negocio tras del cual nos tememos que se esconde mucho caradura, que vive bastante bien gracias a los necios que pagan por sus servicios.

Sin embargo, ni toda la hechicería de la mercadotecnia política junta puede ocultar la falta de decencia de los partidos. Por mucho “photoshop” que apliquen a los rostros de sus candidatos, por mucho rejuvenecimiento estético digital, por mucha alopecia incipiente o galopante inteligentemente disimulada, la realidad incontestable es la falta absoluta de sentido de la responsabilidad, del sacrificio y del deber, en definitiva, la ausencia del mínimo atisbo de patriotismo en cualquiera de ellos. La parte, el partido, prima sobre el interés común de todos los españoles y, por qué no decirlo, el sillón, el sueldo y las prebendas están muy por encima de las vidas de los ciudadanos de a pie.

Los partidos políticos han subsumido a España en una campaña electoral permanente que dura año tras año. Elecciones europeas, municipales, autonómicas varias y generales, esta vez, repetidas con escasos meses de margen. Difícilmente un país como el nuestro puede desarrollarse y prosperar en un clima de enfrentamiento político y crispación semejante. Puede que este tipo de experimentos funcionen en otras latitudes, pero en estas tan meridionales las cosas suelen terminar de manera bastante abrupta.

Por otra parte, un tinglado bastante innecesario todo este del imperio de los partidos políticos. Si las directrices políticas fundamentales vienen dadas por los grandes poderes económicos internacionales –plutocracia-, el secuestro de la voluntad del pueblo por los partidos –partidocracia-, no es más que una pantomima en la que los políticos batallan por una mera gestión de los recursos públicos que, en el caso de nuestro país, deviene en un verdadero carrusel de corrupción y latrocinio –cleptocracia-.

Un espectáculo bastante caro y que se lleva por delante buena parte de nuestro PIB.  La punta del iceberg de todo este imponente negocio la constituyen los 350 diputados, 266 senadores, 1268 parlamentarios autonómicos, 54 eurodiputados y 67.611 concejales. A todo ello hay que añadir  el ejército de cargos de confianza nombrados a discreción por los partidos políticos y las subvenciones que éstos reciben por sus resultados electorales. Ni la vieja política, ni las fuerzas emergentes renuncian a este enorme pastel de dinero e influencias.

Todo ello ocurre en un país sometido a los criterios de austeridad de la Unión Europea. Con un 22% de los españoles en riesgo de pobreza y más del 6% en situación de carencia material severa. Los españoles debemos apretarnos el cinturón que los políticos nos han impuesto. Un cinturón que nos han colocado a la altura de la garganta.

Redacción

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *