Editorial de la semana: Aunque la mona se vista de seda mona se queda

El actual modelo social, político y económico puede revestirse de un halo de cosmopolitismo y postmodernidad. Se adorna en estos momentos con leds, pixeles y una panoplia tecnológica apabullante. Pero por mucho relumbrón el oscurantismo es oscurantismo, y el actual orden, en estos momentos de su aún incipiente ocaso, es un orden oscurantista.

Nacido del racionalismo liberal burgués, apoyado curiosa y vergonzantemente por el cientifismo de raigambre marxista aportado por la vieja y la nueva izquierda, el actual sistema ha pasado de proporcionar hipotéticas soluciones empíricas a todos y cada uno de los problemas de la Humanidad a apuntalarse, ante sus manifiestas contradicciones, en el dogmatismo y en el mito.

Apelando a una fe semirreligiosa, los grandes poderes económicos, políticos y mediáticos exigen e implantan su dogma de fe basado en la ingeniería social del multiculturalismo, la imposición del mestizaje y la ideología de género.

En la civilización de la comunicación y de la imagen se requieren iconos. No se trata ya de establecer leyes económicas irrefutables, ni de realizar análisis científicos de la historia. Ahora la cuestión es, mediante el reduccionismo intelectual y como si del hombre del paleolítico se tratase, plasmar en una imagen demagógica, que dará la vuelta a la Tierra millones de veces gracias a Internet, la explicación del mundo acorde a los intereses de quien maneja sus hilos.

Esas imágenes mediante las cuales se apelará no a la razón, sino al sentimiento  van a buscar reforzar las políticas de Obama o Merkel, o de cualquiera de sus homólogos. Unas instantáneas que pueden incluso llegar a justificar intervenciones militares. Imágenes, en definitiva, que refuerzan la creencia y los patrones de comportamiento y pensamiento que vienen siendo difundidos y propagados.

La foto de un niño sirio ahogado en una playa turca conmovió en septiembre a las conciencias de Europa. Fue más útil que mil discursos de Ángela Merkel para justificar la apertura de las puertas a la avalancha de millones de inmigrantes económicos, entre los cuales como mucho un veinte por ciento se pueden calificar como refugiados.

Las escenas de Bergoglio lavando los pies a los musulmanes, o acogiendo en el Vaticano a doce musulmanes vienen a tocar la fibra sensible de los católicos en aras de la particular visión multicultural de Europa del actual pontífice.

Esta semana, la imagen de una mujer de raza negra que, puño en alto, realizaba una descarada provocación en una manifestación pacífica y legal  de unos patriotas suecos se ha hecho viral. Tess Asplund ha sido convertida, por la maquinaria mediática, en un nuevo símbolo, un nuevo elemento mitológico para prolongar la lobotomía colectiva continental.

Los europeos asisten al espectáculo de su suicidio con una sonrisa bobalicona y estúpida. Una sonrisa que se transforma en desgarrado llanto cuando en una oscura calle de Colonia, en una sala de conciertos de París o en la terminal del aeropuerto de Bruselas  estos felices ciudadanos del mundo padecen en sus propias carnes los efectos del multiculturalismo.

Redacción

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